lunes, 6 de agosto de 2007

La tristeza de los autobuses.

No me gusta viajar en autobús cuando tengo que desplazarme por la ciudad, pero hoy me he ido a un lugar bastante lejano y he optado por tomar uno de ellos. Cuando llevaba un rato largo viajando, me he dado cuenta del motivo por el cual no me gusta viajar en ellos. Están llenos de tristeza y melancolía. He ido observando una a una las caras de los pasajeros del bus en que iba y ninguna de ellas mostraba alegría, sino todo lo contrario. Pena, tristeza, preocupación, dolor... han sido los sentimientos que he visto reflejados en esos rostros. Una chica joven, en la que me he fijado especialmente, ha mantenido con la nada al otro lado del cristal (¿o estaba hablando con su reflejo?) una seria conversación que cada vez le oscurecía más el rostro y hacía aparecer en su cara (que imagino jovial y bella en alguna otra circunstancia) lineas y arrugas de enfado. A su lado, otra joven, se encogía cada vez más, supongo que de miedo y desviaba la mirada de su compañera eventual de asiento, mientras sus movimientos corporales gritaban ¡¡¡¡ socorro, que alguien me ayude !!!!!.
Lo dicho, no me gusta viajar en autobús.



P.D: La foto, además de revindicar la bici como medio de transporte, se titula "Melancolía". Muy apropiado.

3 comentarios:

Camino dijo...

El rato que pasas en un bus se puede emplear para muchas cosas, como leer, escuchar música, estudiar, ... No sólo hay que mirar a la gente de alrededor sino también a tu interior.
El próximo viaje intenta hacer otra cosa que mirar a la gente.

Abel dijo...

Es un buen consejo, pero me gusta mirar a la gente. Creo que se aprende mucho de uno mismo y de los demás observando sus costumbres, sus hábitos, sus reacciones y sus comportamientos. De todas formas, gracias por las alternativas.

Beto dijo...

Yo también miro a la gente en el bus, intento adivinar quién es, a dónde va, cuál es su historia, ¿va a trabajar o ha quedado con alguien? ¿alguien le espera en casa o estará solo cuando llegue? Es una pequeña perversión de voyeur. Inventarme sus vidas.
A menudo descubro que sin querer estoy proyectando mis miedos, mis deseos, mi tristeza o mi alegría en las caras que me rodean, sus vidas inventadas no son otra cosa que las mías que no son, las que me asustan o las que anhelo. Cuando descubro esto me asusto y dejo de mirar, me concentro en la publicidad de la calle.